Desde nuestra América

Una vez más, la violencia a debate

El pasado 20 de junio fueron asesinados dos sacerdotes jesuitas en el estado de Chihuahua, lo que causó conmoción. Foto: Vatican News.

Oscar Wingartz Plata*

Se pensó por parte de sus detractores y críticos, dentro y fuera de la Iglesia, que estaba herida de muerte, pero para no dejar ningún hilo suelto, la propia jerarquía eclesiástica neoconservadora, sustituyó paulatinamente a todos los obispos latinoamericanos partidarios de la liberación por obispos conservadores.
Por otro lado, esta misma jerarquía silenció y castigó a una gran cantidad de religiosos(as), sacerdotes y laicos(as) comprometidos. A los que se condenó a veces sutilmente, a veces descaradamente, pero siempre de forma autoritaria. Incluso se prohibió su enseñanza en seminarios y universidades para acallar este cristianismo liberador que arriesgaba las posiciones de autoridad y privilegio de la Iglesia conservadora y tradicionalista. Luis Gerardo Días Núñez.

El pasado 20 de junio en la comunidad de Cerocahui, Urique, Estado de Chihuahua, en la Tarahumara, fueron asesinados dos sacerdotes jesuitas, Javier Campos Morales, también conocido como el “Padre Gallo” y César Joaquín Mora Salazar, a quién también le decían “Padre Morita”, junto con el guía turistas Pedro Palma, a manos de un sujeto conocido como El Chueco, de amplia trayectoria delictiva por aquellos rumbos. Estando, así las cosas, se desató un debate a partir del evento en cuanto tal. La discusión giró en torno a la estrategia de seguridad implementada por actual administración federal, que se sintetiza en la frase: “abrazos no balazos” propuesta por el presidente López Obrador. Esto ha generado un sinfín de planteamientos, críticas, denostaciones, comentarios, sobre si debe seguir con esta estrategia o debe ser modificada sustancialmente. Este asunto cobró un tono más álgido, cuando el padre Javier Ávila, en la ceremonia de cuerpo de presente de los sacerdotes caídos dijo: “los abrazos ya no alcanzan para cubrir los balazos”. Todo un mundo de posiciones, donde entró al debate el presidente, tratando de atemperar los ánimos, las expresiones y los pareceres.

Antes de hacer la mención correspondiente, es pertinente, poner sobre la mesa algunos elementos contextualizadores. No hay que olvidar un asunto clave en este evento, la Iglesia, así como Estado mexicano, desde la colonia hasta su independencia han sido dos poderes visibles en el tejido social. Esto quiere decir que, son dos instituciones que han tenido una actuación compleja y entreverada a lo largo de nuestra historia, eso por lógica nos lleva a precisar las cuestiones para no caer en polarizaciones innecesarias y fuera de contexto.

En México, la Iglesia-Estado ha pasado por momentos realmente difíciles y azarosos. Esto quiere decir, que se han visto enfrentados en diverso plano, y los saldos que esto ha tenido a través del tiempo. Dos momentos claramente complicados entre ambos poderes fueron la Reforma con Juárez y la Revolución mexicana, en la figura de Elías Calles, y su desenlace en la guerra cristera en los años 20 del siglo pasado. Estos elementos deben ser tomados en cuenta.

Ahora bien, el asesinato de los sacerdotes jesuitas, es parte de una realidad que atraviesa todo el cuerpo social desde hace décadas. Esto es, el problema de la violencia en nuestro país tiene una larga data. Con sus altibajos, a veces más intensa, a veces, no tanto; en determinados momentos más visible, otros, no tan visible, pero está ahí. Esto quiere decir, que los motivos, las intenciones, los intereses en perpetuar o amainar la violencia, están en relación directa con las razones de fondo y las causas que la originan. No es un despropósito lo que afirma el presidente al decir que se está buscando atacar las causas profundas que generan la violencia y su impacto en la población, en particular, entre los jóvenes, que son los más expuestos a estas realidades.

Por otra parte, se debe decir, la forma en que diversos sectores sociales y políticos se han referido a este problema, muestra cómo desearían que se enfrentara este fenómeno, pero el punto de la discusión sigue presente ¿cuál es la estrategia que efectivamente pueda ser considerada la solución? Esto es muy complejo de responder, bien se ha dicho que, es una problemática multifactorial, y decir, “por “aquí o por allá” está la respuesta, es en extremo aventurado afirmar eso. Tampoco hay que perder de vista un elemento central en todo esto, los conflictos, los problemas, las carencias y los abandonos en diversos rubros han generado como bola de nieve mucho de lo que vemos cotidianamente. No es privativo de un sector, una instancia, una clase social o un grupo en lo específico. En muchos sentidos, nuestra sociedad se ha visto enfrentada a este problema. Elevar el tono de la discusión buscando soluciones inmediatas o particulares, abona muy poco para salir de ello. Ante un fenómeno de estas dimensiones, toda la sociedad se ve agraviada, lastimada y golpeada.

Si hay algo que hemos vivido en carne propia, es buscar respuestas fáciles a situaciones complejas, porque no así. La llamada “guerra de Calderón” contra el narcotráfico dejó una cauda de problemas más agudos, por una razón que debemos visualizar, las estructuras de estos grupos tienen una lógica y una coherencia que es difícil romper por la cantidad impresionante de recursos que manejan. Una solución clara, efectiva, posible, es competencia de la sociedad, va de la casa hasta las instituciones. Asunto entreverado, pero necesario. Lo contrario, es seguir en una dinámica inacabable, como si fuera un círculo vicioso, es decir, meternos una lógica confrontativa, sin posibilidad objetiva de salir de ella. La violencia, genera más violencia. Lo contrario es el exterminio de uno de los oponentes; y eso, simple y sencillamente, está fuera de toda proporción.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

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