Desde nuestra América

¡¡Nunca más!!

Foto: Fundación UNAM.

Oscar Wingartz Plata*

“Se nos dice continuamente: ‘Ustedes son el futuro del país’. Pero se nos niega continuamente cualquier oportunidad de actuar y participar en las decisiones políticas del presente… Nosotros queremos y podemos participar ahora, no en setenta años.”
“Los jóvenes están enojados. Tienen derecho a construir su mundo. Está justificado su furor. Hay que reconocerlo con humildad, y esto sólo es una forma de purgar nuestros defectos y deficiencias. Nuestra herencia es mala, nuestra actitud hacia la vida pésima. Hemos engendrado una juventud rebelde, incomprendida, sin presente y un futuro, y soberanamente elegidos.” Elena Poniatowska.

El pasado 2 de octubre se conmemoraron 52 años de la masacre estudiantil en la llamada Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Este evento en sí mismo, “a pesar del tiempo pasado”, sigue teniendo una dimensión y un peso específico por el cúmulo de acciones, significados y lecciones que arrojó. Como muchos otros acontecimientos históricos nos plantean un número considerable de reflexiones y tratamientos a desarrollar, en este caso, nunca más repetir este tipo de hechos en nuestro país, porque, efectivamente, fue algo fuera de toda proporción y sentido.

Se ha comentado, escrito, dicho mucho acerca del 68 mexicano, pero eso no nos exime el continuar con su tratamiento, análisis y estudio; entre otros asuntos por el significado y trascendencia que ha ido adquiriendo con el paso del tiempo. Uno de esos significados, es pensar nuestro México en esas décadas. Tiempos agudos, duros, complejos; llenos de enormes y profundas contradicciones. Para algunos significó la puesta en acto del “Milagro mexicano”, es decir, un país que iba en “la ruta del gran desarrollo material”, una vez más. Para otros, un país enfrascado en la búsqueda de un modelo socio-político que nos librara del autoritarismo y la dependencia extrema del poder. Otros más, decían que se estaba ante la posibilidad histórica de superar los profundos rezagos que tenía nuestro pueblo.

Estas referencias son claves para entender el desarrollo de los eventos que conformaron ese 1968, que ha tenido secuelas históricas expresas. En todo esto hay una cuestión central, el contexto en el que se vivía, tanto a escala nacional como internacional. Era un mundo atravesado por una serie de fenómenos sociales, políticos, económicos e ideológicos de una contundencia impresionante, fue la época de los grandes procesos de liberación nacional a lo ancho y largo del planeta, el amanecer de la Revolución cubana, el despertar de los nacionalismos en el llamado Tercer Mundo. La guerra de Vietnam, los procesos de descolonización, la carrera armamentista por efecto de la Guerra Fría, se asomaba en el horizonte las grandes crisis económicas ante el avance avasallador del modo de producción capitalista en su fase de despegue industrializador a gran escala.

Estamos hablando un mundo en plena transformación. No debemos olvidar que el siglo XX ha sido el siglo más agitado, convulso e impactante que ha vivido la humanidad, esto es, dos grandes guerras mundiales, los enormes avances tecno-científicos, las impresionantes construcciones teórico-culturales, conflictos bélicos recurrentes y sangrientos, entre otros, la Guerra de Corea, el proceso de liberación nacional en Argelia, la guerra en el sureste asiático. En fin, un mundo convulsionado por un asunto poco mencionado de manera consistente, la producción de ideas, que va a generar el despertar de la conciencia en muchos sectores sociales.

Así, pues, ante este panorama, era evidente que nuestro país no estaba fuera de estos procesos, el sector más dinámico ante esta realidad eran los jóvenes, que iban avanzando a pasos agigantados, en el conocimiento de nuevas ideas y propuestas; un dato explícito, se estaban haciendo más conscientes del planeta en el que habitaban, esto tuvo una relevancia superlativa porque se dieron cuenta que las cosas como estaban, no estaban bien, es decir, un mundo lleno de abusos, injusticias y desigualdades; eso obviamente no debe ni puede ser parte de una vida que mínimamente se pueda llamar digna, humana.

En nuestro caso, veníamos de una serie de procesos que no terminaban por asentarse, el más complejo, la dimensión política. El aparato de poder era en extremo rígido e intolerante, aunado a esto, una compresión cerrada de la vida y la sociedad, le tenía un impresionante recelo a la participación ciudadana, veían a la sociedad como menores de edad, incapaces de organizarse y hacer propuesta. Seguíamos en esa ruta paternalista heredada de la Revolución mexicana, donde el partido único dictaba y mandaba a diestra y siniestra. Alimentados por una percepción infundada, distorsionada sobre lo que era la ideología comunista y sus propuestas, es decir, un anticomunismo frenético, visceral, obtuso, sin fundamentos teóricos ni críticos que proponer.

Con estos elementos podemos ver que el poder priista se obnubiló, la única respuesta o la única salida que vio fue la represión más cruda y brutal para “sofocar una revuelta encabezada por comunistas”. Esto evidentemente son justificaciones sin fundamento serio. Esas expresiones explican una carencia total de un pensamiento estructurado. La forma en que se desarrollaron los acontecimientos confirman que “las angustias del poder priista”, era la imagen internacional de México, así como responder ante una inversión hecha por efecto de los juegos olímpicos en puerta. Por cierto, unos juegos extremadamente caros por la inversión que implicaron, para un país dependiente, “tercer mundista” con impresionantes rezagos sociales, y todo lo que ello iba a significar en las próximas décadas.

Se debe decir que el México del 68 fue una lección extremadamente cruda y brutal de lo que no se debe hacer. Realmente es impensable que el propio Estado atente contra su pueblo, esto por ninguna razón debemos aceptarlo. Aquí no valen las excusas ni los pretextos. El poder antes que nada, como decía el inmenso José María Morelos y Pavón: “Es el siervo de la nación.”

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Docente-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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