Desde nuestra América

¿Estamos viviendo una América Latina renovada?

Imagen: FAO.

Oscar Wingartz Plata*

El movimiento social en Bolivia está retomando un proceso de descolonización de la política. La colonia, la república, el neoliberalismo y el reciente golpe persiguieron y reprimieron el pensamiento, la ética y las prácticas comunitarias de los pueblos indígenas. […] En la actualidad, como señala el filósofo paceño, la descolonización implica repensar los conceptos capitalistas europeos y analizar críticamente la hegemonía de una tradición filosófica que ha negado el valor de otras tradiciones filosóficas y políticas. Alberto Betancourt Posada.

Los eventos recientes en nuestra América nos sugieren una visión renovada de nuestro continente. Estamos hablando de un cambio de perspectiva, de coordenadas, de visión de nuestros procesos. Se plantea esta idea por una cuestión muy clara, lo acontecido, al menos, en tres de las repúblicas sudamericanas, nos colocan en esa ruta. Bolivia con un cambio de gobierno y la reasunción de un proyecto popular que viene de tiempo atrás con Evo Morales a la cabeza; Chile, con un plebiscito abrumador, que planteaba la ingente necesidad de una nueva constitución, con ello terminar con una de las herencias más nefastas de la dictadura militar pinochetista; el Perú ante un escenario complejo por la destitución del presidente Marín Vizcarra. Esto es, un panorama socio-político abigarrado que nos invita al análisis y la reflexión.

Se han iniciado una serie de transformaciones en diverso orden y nivel, éstas se  encaminan hacia la recomposición del espacio público, con todo lo que ello implica. Ha sido una tarea en extremo ardua, compleja y dolorosa. Este rehacerse tiene una vertiente poco visualizada, caminar con “banderas propias”. Esto quiere decir, construir nuestras propias estructuras políticas, sociales, ideológicas, simbólicas desde nosotros. Como bien dice Alberto Betancourt, autor del epígrafe propuesto, nos debemos descolonizar a fondo. Esto ha sido, uno de los quehaceres más intrincados, vernos a nosotros mismos, con nuestras virtudes y defectos. La recuperación de nuestra vida pública pasa precisamente por estas consideraciones que son de primer nivel.

Nuestra historia como se dice coloquialmente nos “delatan”. Venimos de una matriz colonizadora que dejó heridas hondas en nuestros pueblos, con su cauda, de violencia, saqueo, negación de nuestra condición humana, así como, la destrucción de nuestras formas de relación, gobierno y concepción de la vida. Ha sido un caminar a contracorriente, tratando de rehacer nuestras aspiraciones, para transitar por otras sendas que nos permitan ver una nueva y renovada sociedad. Las estructuras de dominación y dependencia no se han roto del todo, seguimos cargando el pesado lastre de la dominación. Esto ha implicado rupturas en todo el cuerpo social de nuestras naciones. Como decía el eminente filósofo mexicano Leopoldo Zea: “Los pueblos que han vivido conquistas y colonizaciones, difícilmente salen de esa condición.” No quiere decir que sea un karma inevitable al que estemos encadenados irremisiblemente, también, es cierto que la superación de ella implica un largo trayecto de reflexión, conocimiento y lucha histórica.

A partir de estas ideas, se hace mención de este resurgir de nuestro continente latinoamericano, en amplio espectro. En estas consideraciones que se vienen planteando, no debemos perder de vista, la dimensión histórica, porque es el eje, el trasfondo de nuestra actual condición. Aquí cabría retomar una de las preocupaciones más sentidas del libertador sureño Simón Bolívar en relación con el proceso emancipador iniciado por él, que lo llevó hasta la actual Bolivia; un trayectoria extensa, intensa y cargada de mil vicisitudes, al decir: “De todo lo expuesto, ponemos estas consecuencias: las provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse; al fin obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán sus elementos ya en la actual, ya en las futuras revoluciones, que una gran monarquía no será fácil consolidar, una gran república imposible.” (Simón Bolívar, “La Carta de Jamaica”, en Ideas en torno de Latinoamérica, México, UNAM-UDUAL, 1986. Vol. I, p. 34).

Ya el mismo Bolívar veía con enorme preocupación la futura suerte de las recién independizadas colonias. Una de esas preocupaciones era la incapacidad para organizar un gobierno que pudiera articular y condensar los anhelos y las esperanzas de la población en su conjunto. ¿La razón? El tutelaje al que fuimos sometidos por efecto de la conquista y la colonización durante un largo periodo de 300 años. Hecho evidente y complejo. Así, pues, nuestra América ha transitado por mil circunstancias que la han puesto en una tesitura nada deseable que se ha prolongado hasta fechas recientes.

Este resurgir tiene como elemento central, una comprensión más acabada de sí misma. Sabernos quiénes somos, cómo nos hemos organizado política y socialmente, cuáles son nuestras opciones, construir sociedades y ciudadanías fuertes, sólidas, que sepan exigir lo que en derechos les corresponde; uno de esos derechos es tener la facultad de elegir libremente como queremos ser en el futuro inmediato. Sociedades donde las distintas voces sean escuchadas en serio.

Estamos sin pretensiones de ninguna índole en la antesala de un gran movimiento continental que está impulsando transformaciones profundas en diversos órdenes de la vida social. Como todo tiene sus obstáculos y vicisitudes, no son procesos lineales, ni de corto plazo; son movimientos de largo aliento, si efectivamente queremos ver un fruto acabado. Los cambios en marcha en nuestra América, son impostergables, ahora la pregunta es: ¿cómo consolidarlos?

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Docente-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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