
México ya había ganado antes de pisar ayer la cancha del estadio siempre conocido como Azteca. Contra la premisa del fundado fatalismo, que hablaba de “jugar como nunca y perder como siempre”, el equipo dirigido por Javier Aguirre, conocido como El Vasco, avanzó como nunca, aunque no en toda la fase de grupos, ni ante Ecuador, hubiera jugado tan bien como lo hizo en algunos tramos de fallidos episodios de torneos mundialistas anteriores. Julio Hernández López.
El domingo pasado, en la mítica cancha del Estadio Azteca, concluyó la participación de la Selección Nacional en la Copa del Mundo con un encuentro realmente cardíaco ante la escuadra inglesa. Muchos, cuando se dice muchos, fueron cientos de miles de aficionados mexicanos que creyeron fielmente que la iban a hacer, pero dramáticamente el partido se decantó desde la primera parte hacia los súbditos del rey Carlos. Fue de esos momentos, en que se paraliza el tiempo y el espacio, como si estuviéramos en una especie de limbo, donde todo podía suceder, pero no fue así. Terminó el encuentro con una sensación agridulce, entre el “ya merito” y el “ya ni modo”, “será para la próxima”. Este evento, en sí mismo condensa una serie de realidades, que tiempo atrás ya se habían reflexionado por el cúmulo de fenómenos que muestran y se sintetizan en un espacio de tiempo realmente breve. Del inicio del encuentro a su conclusión, los espectadores se ven envueltos en una atmósfera surrealista, entre el deseo, la esperanza, la agitación, la ansiedad, el júbilo, la frustración. Todo ello nos remite a un imaginario social, que se plasma en un ansia irrefrenable por ver a la “selección de todos” apabullar al oponente.
Hemos iniciado con este planteamiento por una razón muy sencilla, al calor de la justa mundialista, un amigo mío me envió un video que paradójicamente es la antítesis de lo relatado, donde se muestra cómo se desbordan las pasiones y se da rienda suelta a los instintos más primarios. Muchos pueden afirmar que eso es así e incluso es parte del fenómeno descrito. El punto que nos mueve a reflexionar sobre ello es, las implicaciones de esos comportamientos. Aquí retomaríamos, la preocupación de las autoridades de la Ciudad de México ante un eventual escenario por el triunfo de la selección, que, según su consideración, iba a convocar a más de millón y medio de aficionados y no aficionados a lo largo del Paseo de la Reforma, con los posibles desenlaces que pudiera tener una marea humana de esas dimensiones. Una preocupación legítima.
Aquí se van concatenando los cuestionamientos. Uno de ellos es ¿qué mueve a la gente a expresar su ánimo, su alegría, su satisfacción, su frustración ante un evento que congrega a millones de espectadores? Puede parecer una perogrullada, pero el punto sigue en pie. Aquí retomaría una frase paradigmática: “No sólo de pan vive el hombre.” ¿Cuántas dimensiones constituyen al ser humano? Evidentemente, es un complejo de realidades que conforman su manera de ser y estar en el mundo, ello implica, dimensiones subjetivas y objetivas, así como sus expresiones en la vida cotidiana. Esto que se está proponiendo ha sido una de las cuestiones más complejas, a su vez, más apasionantes en el estudio y análisis de la conducta humana. En este orden de ideas, podemos hacernos la siguiente: ¿en dónde se plasma la satisfacción y la insatisfacción? ¿cuáles son las coordenadas que nos pueden orientar, y así buscar una explicación pertinente? Este tipo de procesos desbordan lo cotidiano por el cúmulo de sucesos que va mostrando.
En todo esto, no hay que perder de vista un asunto que es clave, la vida misma de los seres humanos, de las comunidades, los colectivos. Puede parecer de lo más obvio este planteamiento, pero si vamos a fondo veremos que mucha de la conducta humana se ancla en esas coordenadas, su vida cotidiana. No se pretende ser reiterativo o simplificar la cuestión. Si nos ponemos en el núcleo del asunto veremos que los seres humanos oscilan entre la reiteración y más de lo mismo, es decir, las variaciones o las tonalidades de sus vidas no tienen mayor trascendencia que lo cotidiano. No es reclamo, es una constatación. Esto, a su vez, nos lleva por una ruta más compleja, ¿qué es lo que le da sustancia a nuestras vidas? Es ahí donde nos deslizamos por una vertiente realmente ardua, esto es, buscar ese sentido pleno a la existencia en un mundo avasallado por el dominio de las sociedades, a través de la tecnología, la manipulación, la violencia, la mercadotecnia desatada y la incertidumbre del siguiente día.
Es en esas coordenadas donde el festejo, el jolgorio, el desenfreno, ese momento cobra una dimensión superlativa, la búsqueda de ese instante que le dé aliento nuestras existencias ante la rudeza del día a día. No está fuera de lugar plantear este punto, por una razón que ante su sencillez tiene el peso de una verdad plena, como seres humanos necesitamos “eso diferente”, que nos abrace, nos sacuda, nos conecte en un contexto festivo, donde se puedan expresar los sentimientos y las frustraciones de una cotidianeidad que ahoga, asfixia, anula, que nos rompe por dentro. No son exageraciones, es la muestra de la absoluta necesidad de salir de sí mismos y dejar que nuestra vida exprese la energía contenida por mucho tiempo. Ante ese panorama, el gobierno de la Ciudad de México, si no con esas palabras, buscó una respuesta que moderara o contuviera dichas expresiones. Lo que se tiene guardado o contenido es una fuerza que si no se encauza es impredecible.
Así, pues, esta fase del mundial, expresó esa búsqueda, ese encuentro, no sólo consigo mismos, sino con el otro; a través de esa explosión colectiva y encontrar aquello que me sacie y me reconforte ante el fragor de la cotidianeidad y sus implacables expresiones de reiteración y agobio. Asunto complejo en un mundo, por más que uno le busque sus bondades, sigue siendo inacabado y perdido en su propio embelesamiento de “logros” que no da respuesta a la vida humana y su insaciable necesidad de felicidad. Los seres humanos estamos convocados a una vida donde podamos realizar aquello que nos llene y le dé sentido a la existencia.



