Cartas desde la locura

Ecos de mi dark passenger / I

“El águila vuela sola. Los ojetes en parvadas”: Héctor Suárez.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

“No tengas miedo. Nada que sea tuyo viene de ti”: Julián Herbert.

Soy de la Ciudad de México y siempre lo seré. Desde chaval jugué en sus calles y sus calles viven en mí.

Así transcurrió mi infancia, adolescencia y adultez. Así mi vida de estudiante y empleado en decenas de trabajos. Entre gente bien, buenos vecinos, banditas de locos y trifulcas en los barrios de la Mixcoac. En medio de todo y perdido en mitad de la nada.

Entonces como ahora, en la Ciudad de México hay que adaptarse o morir. Allá los grises no existen. En mi caso, la curiosidad pudo más que el miedo y campaba por mi manzana sin acongojarme, preguntándome por qué unos sí y otros no.

Si bien algunos amigos bebían como si fueran a morirse mañana u otros no me saludaban por la calle porque ya ni me reconocían, la verdad es que no cargaban maldad ni formaron comandos para robar.

Digamos que decidieron darse a la vida contemplativa y olvidar su estancia en el planeta Tierra vía algunas rayas o un porro.

Digamos que –como José José en la Clavería o Luciano en la Escandón o Héctor Suárez en la Cuauhtémoc– se hacían daño únicamente a ellos mismos, con la diferencia de que siempre fueron anónimos y nunca cometieron la idiotez de tener descendencia para poder vivir bebiendo.

Desde que tuve uso de razón, me subí al carrusel de la Mixcoac.

Desde que tuve uso de razón, en la Mixcoac nunca sentí soledad ni tristeza.

Digamos que mi coqueteo con el alcohol, los churros y las drogas, no tuvo nada que ver con eso. Ni con la prosperidad ni con la miseria. Ni con epitafios ni esquelas. Ni con el cigarro y la cerveza. Ni con la literatura ni con la incapacidad permanente de obtener un certificado de buena conducta.

Digamos que, como a Dexter Morgan, mi dark passenger me torció el destino. Digamos que mi dancing in the dark me tarareaba… “ahora comienza el principio de una ruina: la ruina de tu vida”. Digamos que a mi camino lo trazaron el azar y la necesidad, lo mismo que el tortuoso sendero que conduce a la sobriedad.

Sí, toqué fondo. Pero mi enfermedad no fue incurable ni progresiva ni mortal como la de Héctor Suárez o ‘el Changoleón’, teporochos declarados.

En todo caso, la peor versión de mí mismo no fue estar alcoholizado.

Lo peor son las lagunas mentales. “El desvarío geográfico y espacial. La amnesia y las confusiones constantes. La pinche cruda incurable. La maldita sed. La madrugada con cinco pesos en la bolsa, en andas y sin salvavidas. Incapaz de redactar una línea o firmar un papel. Hundido en un limbo laboral. Sin despedirme de muchos que se fueron sabiéndome vicioso” (Jorge f. Hernández).

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