Caminemos en otra dirección

Opinión Caminemos en otra dirección
Foto: Gaceta del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Oscar Wingartz Plata*

Y la situación empeora cuando las autoridades, pensando que es su deber tranquilizar y mostrar que tienen el control, en los hechos se distancia de la emoción de los afectados y su conmiseración es vista como impostada y artificial. Pretenden, a veces sin ocultarlo, también fortalecer su propia figura, llamando a la calma y fortalecer un liderazgo, que logra que se acepten medidas, antes desechadas (torniquetes, saturación de cámaras, vigilancia extrema). No piensan en reunirse con los profesores y los estudiantes, y discutir con ellas y ellos, cómo fortalecer la prevención desde el aula, erradicar el autoritarismo, educarse todos mediante la comunicación abierta y horizontal, y crear climas de trabajo colectivo, que hermanen y apoyen. Hugo Aboites.

El pasado 23 de septiembre del año en curso sucedió un evento que conmoción a la comunidad universitaria, al ser apuñalado un estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), Plantel Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México, por uno de sus compañeros, quien resultó herido, al intentar escapar del plantel al arrojarse de un segundo piso, y fracturarse ambas piernas. El conocimiento de dicho acto, en el plano personal, me consternó e indignó, no sólo por ser un egresado de la UNAM, sino, por el hecho en sí mismo, que debe ser totalmente reprobado por lo que fue, y nunca más debe ocurrir algo así. También debe decirse que, no es la primera vez que pasa una situación similar. No por eso se debe ser complaciente o pretender aminorar sus causas o efectos. Debe ser analizado con honestidad, profundidad, seriedad; y encontrar una solución real y efectiva ante tales realidades.

Entorno a este suceso se deben generar las respectivas consideraciones, porque no fue algo menor, la muerte de una persona no es cualquier cosa, sobre todo, si lo vemos desde la óptica de los padres. Es sin exageraciones un hecho traumático, doloroso, y más, por el lugar dónde sucedió, al interior de una institución educativa. Esto, nos debe lleva a reflexionar desde diverso enfoque, y el por qué se ha llegado a estos excesos, es decir, de ninguna forma es normal, por el costado que se le vea. Partamos de una consideración central, la escuela, y en general el ámbito educativo debe ser un espacio privilegiado para el sano e integral desarrollo de los niños, los jóvenes que acuden a sus instalaciones. Esto significa que, debe ser un espacio donde lo mejor de la niñez y la juventud debe aflorar. El espacio educativo es, antes que nada, el lugar donde se van potenciando las cualidades y capacidades de los educandos; esto por definición excluye toda forma de hostilidad, enfrentamiento o violencia del tipo que sea. Es la condición de necesidad para el cultivo de la persona en todos sus niveles y posibilidades.

Estando así el asunto, algunas preguntas se desprenden de esta consideración, ¿por qué se ha llegado a estos niveles de intolerancia y violencia?, ¿por qué deben darse y reproducirse en un espacio que debe ser exactamente antagónico a esas prácticas y conductas?, ¿nuestras sociedades han perdido el rumbo, y como tal permiten o toleran estos actos? Un primer acercamiento se puede formular de la siguiente manera, si nuestras sociedades están infectadas por el recrudecimiento y la reproducción de la violencia y otras formas de enfrentamiento ¿“parecería normal” ver lo que vemos sin que se estremezca nuestra conciencia? Ante eso debemos decir que no se puede ser complaciente, de ninguna forma. Debe conmocionarnos, llamar nuestra atención con profundidad y actuar en consecuencia, desde el ámbito que nos corresponda.

Guardando las respectivas distancias y los contextos, se puede hacer una extensión de sentido que, nos permita valorar y sopesar estos eventos en una dimensión pertinente. Desde hace décadas se preguntó, si era algo consustancial a la condición humana, la violencia y sus expresiones, porque, no es sólo física, hay otras muchas, la verbal, la simbólica, la psicológica. Esto surgió poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, donde el nivel barbarie desplegado no había tenido parangón en la historia mundial. Ante eso, las respuestas se desplegaron en una serie de consideraciones, muchas de ellas antagónicas e incluso contradictorias, llevó a reflexionar críticamente si se iba por el camino correcto en la superación de esas conductas, pero lastimosamente, se vio que sus formas, implementaciones, reproducciones rebasaban con mucho, la posibilidad de responder lúcida y propositivamente ante una realidad en extremo compleja. Ante eso, las sociedades y los organismos internacionales han tratado de palear esta problemática, con resultados desiguales.

En este orden, se puede decir que las respuestas están en un conjunto de realidades y contextos que abonen en esa dirección de manera firme y reiterada. La atenuación de la violencia pasa por una serie de mediaciones que abarcan el universo todo de las sociedades, la escuela, las relaciones interpersonales, la convivencia humana, la insistencia en la posibilidad objetiva de vivir y resolver los conflictos sin tener que llegar a las armas, las amenazas, la violencia. Es aquí donde deberíamos desarrollar lo que se ha llamado la cultura de paz y el buen vivir. Que se convierta en un tsunami, en el sentido que acoja a la todas las sociedades. Considerar estos elementos no como “sueños guajiros”, si no, como una opción profundamente viable, empezando por trabajar por la justicia, erradicar las exclusiones y el abuso de poder, venga de donde venga. No hay que olvidar un asunto que es clave en estas consideraciones, las desigualdades incuban la violencia y su reiteración en diverso sentido. Podemos retomar una consigna necesaria y clara que dice: “La paz es el fruto de la justicia”.

Tampoco debemos encasillar estos eventos en una sola vertiente, la psicológica. Es una parte del problema, no todo. Porque, entonces se estaría haciendo una reducción de un problema mucho más denso y complejo, como ya se ha comentado. Es cierto que nuestros niños y jóvenes se ven en extremo expuestos a este tipo de conductas por su propia condición, pero ello no quiere decir que, agotando una vertiente, ya tenemos la respuesta ante un fenómeno social tan abigarrado. La conducta social es un as de problemáticas que deben analizarse con la profundidad y la ponderación que exige. En todo esto, a las autoridades universitarias se les debe conminar a la realización de un trabajo colectivo con toda la comunidad para encontrar respuestas viables, que trasciendan la coyuntura y la eventualidad, con ello, caminar en otra dirección.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

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