Desde nuestra América

¡Un triunfo histórico!

El presidente electo y la vicepresidenta electa de Colombia, Gustavo Petro y Francia Márquez. Imagen: Resistencia en Colombia.

Oscar Wingartz Plata*

Con su indudable deriva pedagógica social-clasista y sus incipientes formas organizativas, la movilización popular del 2021 terminó por erosionar y deslegitimar a la casta oligárquica uribista y su base de apoyo: el “fascismo social” (Boaventura de Souza Santos dixit) incluido el paramilitarismo urbano. Históricamente ninguneados, los “nadie” perdieron el miedo y una de las consignas que se generalizó en las protestas fue: “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”. En una Colombia signada por el horror y el terror estatal y paramilitar (de donde deriva paraco) … Carlos Fazio.

El domingo 19 de junio vivimos un hecho realmente histórico en el sentido fuerte del término en la hermana República de Colombia, con el triunfo del exguerrillero del M-19 Gustavo Petro y como vicepresidente la afrodescendiente Francia Márquez. Decía que es un hecho histórico en sentido fuerte, porque hay una tendencia por marcar como “histórico” cualquier evento sin trascendencia alguna, pero este sí, y tiene múltiple razón. Para todos aquellos que han conocido un poco la historia colombiana cercana y lejana sabrán porque se afirma esto. Efectivamente, este evento es de una enorme trascendencia, una razón de ello, es la composición de los personajes que ganaron esta elección, nunca en la historia de Colombia había estado en puestos de mando superior una afrodescendiente, y menos, un exguerrillero. Ambos luchadores sociales de larga data.

Un punto central de estas reflexiones es la historia misma de Colombia, desde la colonización española, la configuración social, racial, económica, política y cultural, no sólo de este país sudamericano, sino de la América Latina en su conjunto se selló con la desigualdad, la marginación, el clasismo y el racismo. Este elemento no nos debe desubicar, porque así ha sido, y sigue presente de muchas formas. Una de ellas, la compleja asimilación de los pueblos originarios al conjunto de la nación. Al no ser reconocido con plenos derechos, aunque los documentos digan que no, la realidad, los hechos niegan esas declaraciones. La segmentación sigue presente en nuestros contornos.

El segundo tramo de esta historia es la revolución de independencia encabezada por el enorme Simón Bolívar, al liberar la llamada Gran Colombia, que comprendía, las actuales repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador. Una gesta de una trascendencia incuestionable, por una cuestión que siempre ha llamado la atención, la composición de los ejércitos libertadores estaban compuestos por el pueblo llano, entre otros: indígenas, negros, mulatos, campesinos, esclavos, los pobres de su tiempo. Es decir, una amalgama socio-económica en extremo abigarrada y heterogénea que empujó el movimiento hasta alcanzar la independencia sudamericana. Un hecho inédito en términos globales, por su contenido y condiciones, ya que rompió los “moldes históricos” de su tiempo.

El tercer tramo de esta compleja y azarosa historia continental, es la construcción estatal, esto significa, cómo construir una nación, con sus estructuras e instituciones, hasta el punto de ser considerados naciones constituidas. En este orden, el eminente sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva nos dirá lo siguiente: “Buena parte de la historia política de América Latina, al menos en lo que concierne al siglo XIX, aparece percibida de esta manera, no sólo en el clisé vulgar o el regodeo literario, sino incluso en el ensayo histórico, sociológico o político. Desde el momento en que el período denominado de “anarquía” queda huérfano de una explicación que vaya más allá de la simple descripción de fenómenos como el “caciquismo”, el “caudillismo”, el “militarismo”, los “localismos” y regionalismo”, convertidos en datos últimos e irreductibles, es un hecho que dejan las puertas abiertas a interpretaciones incluso racistas.”[1] Así, “aparecimos” en el contexto mundial con un déficit histórico que se constituyó en una loza muy pesada de cargar, la subordinación y la dependencia, eso significó que se fue postergando el desarrollo de nuestros pueblos.

El último tramo de este tormentoso proceso es la contemporaneidad, con las secuelas generadas de los períodos anteriores, donde la nota clave fue la extrema subordinación al capital extranjero, incluida, la actividad extractiva como eje del desarrollo económico, y de ahí para adelante. Al igual que muchos países de nuestro continente, la pobreza, el desempleo, la violencia, la migración, la carencia de un sinnúmero de insumos es “el pan de cada día”, y lo que se desprende de ello.

Ante este panorama, el programa de gobierno del recién gobierno electo en Colombia, tiene una ruta impresionantemente larga. Cumplir con tareas básicas, como la superación endémica de la violencia en ese país, asolado por el paramilitarismo, el narcotráfico, las guerrillas de diverso cuño, la construcción de una infraestructura tecnológica y científica, quitarse de encima ese carácter semicolonial que Estados Unidos les ha impuestos, al tener un conjunto de bases militares y ser el centro de control militar para el área sudamericana.

Aunado a ello, dar respuesta a una serie de demandas, como la inclusión social, el respeto real por los derechos humanos, generar proyectos sociales que impacte efectivamente en la vida cotidiana de la población, hacer de Colombia, “una república de paz”, con ello, proyectar la gran reconciliación nacional, que extingan los odios, los enconos, la querellas, que por décadas han consumido a esa nación en un ciclo inacabable de violencia, terror y miedo. Por esto, se afirma que este triunfo es histórico, y las tareas que tiene por delante. ¡Felicidades Colombia!

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

[1] Agustín Cueva, El desarrollo del capitalismo en América Latina, México, Ed. Siglo XXI, 1981. pp. 31-32.

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