Desde nuestra América

Paradojas de la Historia

Daniel Ortega Saavedra, presidente de Nicaragua.

Oscar Wingartz Plata*

A veces sin faltar la buena fe se puede caer en la imitación del polemismo de los primeros revolucionarios, incluso esto es menos difícil que la búsqueda para acertar en la solución de los problemas generales. Por otra parte los excesos polemistas no pueden distraer energías que podrían rendir mayor provecho al atender toda una cantidad de problemas pendientes. […] La persuasión exige tener en cuenta la dosis de razón, por ínfima, por pequeñita que sea… Carlos Fonseca Amador.

Hemos titulado este trabajo de esta forma para hacer ver, las incongruencias, las inconsecuencias y las formas caprichosas o veleidosas de la historia bajo contexto. Esto quiere decir, como los derroteros de la acción humana condensan en su interior fuertes dosis de negaciones, antagonismos y flagrantes contradicciones, que nublan el horizonte inmediato y mediato de nuestra comprensión sobre los fenómenos y procesos que vivimos en el pasado y en el presente. Se hacen estos planteamientos como nota introductoria a un asunto que realmente es paradigmático, lo que está sucediendo en la hermana República de Nicaragua. Contextualicemos el asunto.

El próximo 7 de noviembre del año en curso, Nicaragua va a realizar sus elecciones presidenciales, uno de los candidatos es el actual Presidente Daniel Ortega Saavedra, que estaría buscando su cuarta reelección consecutiva, ya que ha ocupado el cargo en tres periodos anteriores: de 2007 a 2012; de 2012 a 2017; y de 2017 a 2022. Esto sin contar un primer periodo durante la etapa revolucionaria de 1985 a 1990. Si contamos los años que ha ocupado la Presidencia da un total de 20 años, con las implicaciones que ello tiene. Esta mención tiene una carga explícita, manifiesta. Uno de los grandes problemas a los que nos hemos vistos enfrentados los latinoamericanos en su conjunto, el haber padecido prolongadas presidencias de diverso corte y signo, y la patria de Darío no es la excepción.

Realmente es traumático ver este tipo de situaciones, entre otras cuestiones, una que tiene un peso contundente y sintetiza lo que pudiéramos decir: carecemos crónicamente de una falta de institucionalidad, tenemos poco respeto hacia la legalidad que acordamos, una “actitud democrática” muy cuestionable y una escasa probidad política. Hablar de un periodo de 20 años en el poder, es decir mucho. Más, si tomamos en cuenta cuál ha sido la historia reciente de esa república centroamericana, que han vivido un sinnúmero de penurias.

Una de esas penurias fue la dilatada dictadura militar de la familia Somoza. Iniciando con el “viejo” Anastasio Somoza García, una herencia dejada por la ocupación norteamericana, estuvo en el cargo de 1937 a 1947, con un intervalo ocupado por conocidos y allegados, para posteriormente regresar otra vez de 1950 a 1956, año en que fue asesinado por el poeta Rigoberto López Pérez, sumando en total 16 años en el poder. Le sucedió en el puesto, su hijo Luis Somoza Debayle de 1956-1963; al igual que su padre, hubo un intervalo; para que en 1967-1972 asumiera la presidencia el hijo menor, Anastasio Somoza Debayle, en un brevísimo lapso de dos años, retoma el poder en 1974-1979, año en que se desata el vendaval revolucionario. Como podemos ver, los antecedentes son muy claros, esa fue una de las razones fundamentales del alzamiento popular que tuvo como final, el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra el último de los Somoza.

Con estos elementos podemos ver que hay una enorme incongruencia en la persona y actuación de Daniel Ortega, ya que lo pone en una posición extremadamente tambaleante, entre otras razones, porque él mismo viene de la lucha revolucionaria como uno de los actores centrales, en el sentido, que fue considerado Comandante de Revolución, uno rango que pocos alcanzaron en la estructura del Frente Sandinista, fundamentalmente por su trayectoria a lo largo de los años de trabajo organizativo y militancia en las filas del Frente. Esto quiere decir que, el actual presidente luchó denodadamente para derrocar a la dictadura hereditaria de los Somoza. Estuvo encarcelado, sufrió en carne propio los estragos y el dolor de la cárcel somocista, por ello se afirma la desconexión que hay entre ese luchador por la libertad del pueblo, y su proceder como presidente.

Otro elemento que debe ser mostrado, ha sido la actitud que ha asumido delante de sus camaradas y compañeros de lucha, al dejarlos en la cuneta del proceso posterior al triunfo revolucionario, pasando por una etapa oscura y compleja para nuestra América Latina, el periodo neoliberal, donde las conquistas que se implementaron incipientemente con la revolución fueron desmanteladas de manera impresionante, en el momento mismo del cambio de gobierno con la expresidenta Violeta Barrios viuda de Chamorro. Es decir, la etapa neoliberal significó un impresionante retroceso para Latinoamérica, en particular para este país que venía de una guerra de liberación nacional.

Por otro lado, hay un asunto en extremo criticable, la ruptura histórica del Frente Sandinista como gobierno y como partido. Esto los ha llevado a una lucha sorda, enconada, sin visos de arreglo alguno. Cuando se fragmenta el Frente, pierde mucha de su fuerza histórica, moral y revolucionaria, como dice el epígrafe de esta entrega, había que buscar en todo momento la persuasión, el consenso, la búsqueda de la reflexión colectiva. Por el bien de la patria. Esto lo decía el fundador y líder la Revolución, el Comandante Carlos Fonseca. ¿Qué pasó? Se enfrentaron sus cuadros más fuertes, también conocidos como los “históricos”, la conclusión final fue la separación del Frente, y la constitución de una organización opositora a ese sandinismo encabezado por Daniel Ortega y sus fieles, el Movimiento de Renovación Sandinista, que paradigmáticamente, los que se fueron eran la plana más sólida del Frente desde su fundación hasta el triunfo de la Revolución.

Así, pues, este un pequeño tramo de una trama histórico-política que no termina por consolidar un proyecto de nación, y con él, rehacer estructuralmente al país. Por ello el título de este trabajo, que visto en perspectiva, no debería suceder esto entre nosotros, las negaciones y las incongruencias llevadas a planos irreversibles.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

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