
Oscar Wingartz Plata*
La Revolución mexicana se desencadena como un movimiento social de masas que se proponía entre otros objetivos, poner fin a la dictadura porfirista y dar paso a la vida democrática, encabezada por Francisco I. Madero, que convocaba a la insurrección armada como única salida para acabar con la ausencia de derechos en diverso nivel y espacio, y de paso terminar con los privilegios que se había asignado la oligarquía y sus corifeos. Retomando este elemento nos damos cuenta que la tan traída y llevada democracia, sigue siendo una asignatura pendiente e inconclusa entre nosotros. Oscar Wingartz Plata.
El pasado 20 de noviembre se cumplieron 115 años del inicio de la Revolución mexicana, un evento que a la distancia sigue planteando una serie de exigencias y necesidades, muchas de ellas no cumplidas y otras a medio cumplir. No se pretende exagerar la nota. Si hacemos un balance ponderado, juicio, honesto y crítico, veremos que son de esos procesos que demandan, no sólo un análisis concienzudo, sino, extraer sus aspectos valiosos, relevantes y luminosos. Este acontecimiento, por su profundidad, hondura y trascendencia no se agota en una serie de planteamientos, dichos o hechos; va mucho más allá de su conmemoración, por una razón que a simple vista no se capta en toda su dimensión, esta es, ser un movimiento social de masas. Si apelamos a la conciencia histórica, esto nos lleva por diverso sendero, por una razón muy clara, no todos ven este evento desde la misma óptica, con el mismo lente.
Si nos adentramos en el estudio de este proceso, veremos que tiene muchas de aristas a considerar. No sólo su contexto y su tiempo histórico, es reasumir una serie de realidades que siguen presentes en el horizonte social. Retomemos un elemento que fue clave en el alzamiento armado, la búsqueda de justicia y superar la pobreza extrema en el país. Así mismo, derrocar a la oligarquía agrícola (terratenientes) y la incipiente burguesía industrial, junto con la burguesía agro-industrial extranjera, que era la que efectivamente, se servía con la cuchara grande. El poder visualizar este momento histórico, nos permite obtener una radiografía clara de cómo estaban las cosas, y el porqué de los acontecimientos posteriores. En este análisis, no hay que perder de vista la lucha incansable de cientos de actores sociales, que desarrollaron una enorme sensibilidad social, al denunciar los abusos de poder, los excesos, las arbitrariedades y los francos atropellos a la dignidad humana. Este contingente que aglutinaba a maestros, académicos, políticos, intelectuales, fueron la punta de lanza que incubaron los ideales de un proceso que se expandió, sobre todo, en el centro-norte del país con enorme velocidad.
Estando, así las cosas, ir desmenuzando las ideas, los objetivos, los programas, las necesidades y carencias, nos llevaría una inmensidad de tiempo y espacio. Si ponemos en la balanza los puntos nodales se pueden considerar al menos tres que tienen un peso específico: la justicia social, la democracia y el desarrollo material. Estos tres elementos, sin pretensiones de ninguna naturaleza son el núcleo y el centro mismo de las aspiraciones humanas de cualquier sociedad. En consecuencia, con este planteamiento, hay una afirmación de un eminente politólogo mexicano que afirmaba lo siguiente: “En términos de desarrollo social y económico, para no hacer mención, sino del elemento que es fundamental, tanto el porfirismo como la Revolución obedecen al mismo proyecto histórico: el desarrollo del capitalismo. Y si bien la Revolución agregó una problemática social que antes no se había hecho presente o era sofocada por el sistema político de la dictadura, la promoción del capitalismo sigue siendo el elemento motor de la vida social del país”[1].
A partir de esta afirmación, podemos ir configurando una idea muy clara sobre el desarrollo posterior del proceso revolucionario, que ha sido de una enorme oscilación, entre “los extremismos” más conspicuos y el adecuamiento a las exigencias de su momento, muestra de esto, la etapa neoliberal, negación absoluta del ideario revolucionario. Aquí podemos ver como la idea de la revolución ha tenido tonos, matices, rechazos y alabanzas de todo calibre, y de ahí a una idea amorfa sobre lo que en sentido estricto debería ser. Asunto en extremo complicado. Una de sus complejidades, es el tiempo transcurrido, estamos hablando de 115 años, esto en términos históricos es un mundo de espacio. Sólo por poner un ejemplo mínimo de esta mención, Nicaragua celebró el pasado 19 de julio, el cuadragésimo sexto aniversario de su revolución, y como tal, se va perdiendo la bruma de la historia, hasta el punto de que son pocos, poquísimos que la celebran, y esto, por la ruptura histórica de sus dirigentes que entraron en una pugna feroz por el poder.
Retomando los planteamientos expuestos, una pregunta obligada es: ¿con qué nos quedamos del proceso revolucionario al inicio del siglo XX? Este cuestionamiento, en términos muy concretos es severo, porque, nos enfila a una reflexión crítica, si deseamos entresacar sus verdaderos saldos. Un punto que debe quedar establecido es, la forma en que ha sido interpretada, el bando “ganador” de la Revolución la usó como bandera para diverso propósito, entre otros, hacerse del poder, y desarrollar una serie de políticas sociales, políticas, económicas, ideológicas y culturales que los apuntalaran no sólo como camarilla, sino como una estructura de poder, que sobrevivió hasta la primera década del siglo XXI, cuando colapsaron de manera estrepitosa, nos referimos al PRI, y de la que no se van a levantar. Su tiempo histórico ya caducó. A partir de esta idea, podemos ir hilvanado una serie de planteamientos que nos permitan reflexionar sobre su sentido, contenido y vigencia.
Lo primero que se debe afirmar es que la Revolución fue un proceso que pretendía desarrollar en toda su extensión y profundidad, el capitalismo, como modo de producción predominante. Esto se ha extendido hasta nuestros días. El país se ha movido en ese modo de producción a lo largo de 150 años, si tomamos como referencia, la segunda mitad del siglo XIX, con Juárez a la cabeza. A pesar, de los múltiples intentos por poner en marcha otras propuestas que rompan con la hegemonía capitalista. En este punto, se puede hacer el siguiente planteamiento, de manera insistente, de diversa forma, en todos los tonos posibles se ha pretendido afirmar que el actual gobierno y el pasado son de izquierda, diciendo las cosas de manera clara, es falso; es parte de la propaganda conservadora y ultraconservadora, no hay que irse con la finta, no hay tal. Esas son afirmaciones calenturientas para desviar la atención del sentido profundo sobre el proyecto actual.
Debemos decir que la Revolución mexicana fue un gran proyecto, que debe ser trabajado y profundizado, para que dé los frutos que se esperan de ella. Sus principios, ideales y valores son incuestionables, lo que debe ser cuestionado severamente, es a quienes se han trepado en su ideario y lo han deformado. La justicia social, el derechos y la vida digna no es cuestión de una década, es una labor comprometida de un gobierno y la sociedad en su conjunto para alcanzar sus metas.
*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.
[1] Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana, México, Ediciones ERA/IIS-UNAM, 2003. 23° ed. p. 15.



