Mujer de la sospecha

Covid-19: Sin ritos funerales

Foto: Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

Yezica Montero Juárez*

“¡Qué vida tan vacía y sin sentido! Muere un hombre, organizamos su funeral, le acompañamos en su último viaje y le echamos tres paladas de tierra encima. Llegamos y salimos del cementerio montados en un carro y nos sirve de consuelo que aún nos queda una larga vida por delante…”(Soren Kierkegaard, 1813-1855). Kierkegaard estuvo hospitalizado cerca de un mes antes de su muerte. Rechazó oficios religiosos durante su convalecencia, no obstante, su cuerpo inerte fue enterrado en el Cementerio Oficial de la Iglesia en Copenhague, acto al que se opuso su sobrino Henrik Lund, ya que a lo largo de su vida, Kierkegaard mostró repulsión hacia los servicios de la Iglesia cristiana, debido a que consideraba que ésta respondía más a los intereses de los hombres que a los interés de Dios.

Uno de los tabúes universales a los que se enfrenta la humanidad es la muerte. Somos los únicos seres vivos que estamos conscientes de nuestra propia existencia, y por lo tanto, de nuestra finitud. Ante el fenómeno de la muerte, las comunidades humanas han generado actos rituales para honrar a quienes alguna vez estuvieron entre los vivos. Entre las funciones de los rituales fúnebres se encuentran el conmemorar el pasado del fallecido; el honrar sus actos, el atestiguar que su cuerpo será protegido, y sobre todo, es un espacio fundamental que permite a la comunidad enfrentarse aun periodo de duelo psicológico.

El filósofo Kierkegaard quiso pasar de largo ante los servicios pastorales durante su desahucio; mientras, siglo y medio después, miles de personas diagnosticadas con Covid-19 se han enfrentado no sólo a la sintomatología física, sino, a la soledad que implica esta condición. Sonará crudo, pero las personas enfermas de Covid-19 en los hospitales, son llevados a zonas de aislamiento, con pacientes inducidos al coma para poder soportar los estragos de la intubación de ventiladores respiratorios. Evidentemente no hay visitas, no hay servidores religiosos, no hay posibilidad de impartir los sacramentos de la iglesia católica.

Cuando una persona fallece por condiciones diagnosticada o atribuidas al Covid-19, el manejo de los cuerpos se remite a una sola visita familiar para identificación. No hay cabida para abrazar y vestir al fallecido como es tradición en muchas familias. Se sugiere la cremación inmediata y la velación a través de medios virtuales para evitar conglomeraciones. Pensando en que la mayoría de la población mexicana se asume como católica, las exequias no se celebran con cuerpo presente y la novena que permite a la comunidad visitar a la familia, se sugiere que se celebre con el mínimo de personas.

La muerte se ritualiza para que sea más comprensible a los que quedamos vivos. Para algunas religiones y creencias es un rito de paso, cuya vida perdurará en otro plano; ya sea la resurrección o la reencarnación. Para los más racionales es un fin natural. No obstante, el duelo por la pérdida de un ser querido, es también un valor universal, que necesita espacio y tiempo para ser procesado. Cerrando con Kierkegaard; tal vez la vida es un sinsentido que termina con gente llorando mientras nuestro cuerpo muerto baja a la tumba, pero mientras la vida nos permita evitar que nuestros cuerpos vivos se martiricen intubados dentro de una cápsula de aislamiento, prefiero seguir quedándome en casa.

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