
Lilly Téllez no representa al PAN. Representa su marca. El panismo se construyó desde el humanismo político cristiano, la formación doctrinaria y la paciencia institucional. Téllez llegó sin ese arraigo, opera desde la provocación viral y el insulto como estrategia, y su ideología se acerca más a la derecha reaccionaria —estilo Milei o Bolsonaro— que a la democracia cristiana. Usa al partido como plataforma, no como causa.
Hay una tentación comprensible en llevar figuras con seguidores a las boletas: visibilidad, viralidad, votos fáciles. Un partido que cambia doctrina por alcance digital no se moderniza –se vacía–. Y en Téllez vemos que popularidad sin principios no suma –contamina–. Presta su popularidad al proyecto y le cobra el alma.
Llamar “changoleón” a un adversario político no es ingenio. Es clasismo con micrófono. El término viene del apodo de una persona real en situación de calle que se volvió meme televisivo —alguien vulnerable, con nombre e historia–. Usarlo como insulto implica dos desprecios simultáneos: primero te ríes del indigente, luego lo conviertes en arma para degradar a tu enemigo. Esa operación borra las causas reales detrás de cada historia y las reemplaza con burla.
Eso es vulgaridad con membresía prestada.
Y el problema no es solo Téllez. Es que ese lenguaje se normaliza.
Como panista, me incomoda más ese lenguaje que cualquier derrota electoral. Porque el PAN no nació para ganar a cualquier precio –nació para recordarle a México que toda persona tiene dignidad–. Perder elecciones se puede remontar. Perder el alma del PAN es otra cosa.



