Cartas desde la locura

Todo llega. Todo se va

Vine a la Francia porque me han dicho que aquí nadie se aburre. Foto: Ramón Martínez de Velasco.
“Soy responsable de lo que escribo. No de lo que tú entiendas”: @PKSsoy.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

I

Varias veces recorrí el barrio ‘la chinesca’, de Mexicali, localidad mexicana colindante con Caléxico (Estados Unidos), donde a inicios del siglo XX llegaron decenas de inmigrantes chinos para trabajar en el cultivo del algodón.

Lo recorrí porque me dijeron que allí hay un entramado de subterráneos que, se supone, alguna vez estuvieron conectados entre sí.

Lo recorrí por la leyenda que narraba sobre una ciudad oculta, con ramblas y fumaderos de opio, donde nadie se aburría.

Lo recorrí para, al igual que la comunidad asiática, refugiarme de los 113 grados Fahrenheit.

No hallé nada. Ni subterráneos ni fosas. Ni máscaras o fotografías o reliquias. Ni a la ‘Colorado River Land Company’. Sí sótanos y callejones, restaurantes y cantinas, o prostíbulos legales e ilegales. “Enfermeras y doctores bajaban a los subterráneos a inyectar a los orientales”, según registros orales.

Cuatro años después de abandonar Mexicali, incendios devastaron el barrio oriental.

Allí, en sus fumaderos de opio, se incubó el Año chino de la Rata que, en este 2020, retornó voraz.

II

Varias veces recorrí el barrio Latino, donde los comuneros subsistieron comiendo perros, gatos, y animales del zoológico. Un poco más allá, los árboles de los Campos Elíseos fueron talados y quemados como combustible, para soportar las heladas.

Aquí, en el barrio Latino, en el 68 retornó la revuelta popular. Y los alzados, de nuevo, incendiaron todo a su paso y, de nuevo, levantaron barricadas de leyenda.

Aquí, en el Arco del Triunfo, la guardia nacional ha cercado a los ‘chalecos amarillos’ y los peatones buscamos salidas en la gran ciudad, empapados y con sensación térmica de 0 grados.

Aquí, la soledad es el momento más ruidoso del día.

Vine a la Francia, desde la Cataluña, porque me han dicho que aquí nadie se aburre.  

Epílogo

Hasta aquí llegamos. Se acabó. Fin de ciclo. “Morir es un arte, como casi todo. Yo lo hago excepcionalmente bien”, escribió Sylvia Plath, suicida ella.

He adornado la tragedia humana con tildes y puntuaciones. Y he vestido a la podredumbre cotidiana con la seda de la sintaxis. De eso aprendí con Manuel Blanco, alcohólico él.

Todas las historias nacen de algún suceso y éste señala un principio. De eso aprendí con William Burroughs, drogadicto él.

Yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer. Ése es mi modo de ser mental y no sirve de nada sufrir por ello.

“En tantísimos años sólo llegué a conocer de mí mismo la cruel parodia, la caricatura insultante, y nunca pude hallar el original ni el modelo” (José Emilio Pacheco).

Hasta aquí hemos llegado. Es el fin.

“Es posible que estas semanas sean calendario propicio para volver a ponderar las palabras que nos dieron Patria. Sería fantástico poder sentarse con el respectivo editor de cada guión personal, único y biográfico, y calibrar todas las palabras que, se supone, orientan el decurso de cada vida.

“Todo escritor no tiene más remedio que asumir el honesto martirio de la página en blanco. La adrenalina inaplazable de poder concluir, párrafo a párrafo, páginas que sustenten el desasosiego y las ganas de ser Otro. Las ganas de rebasar esta vida y sus guiones preestablecidos” (Jorge F. Hernández).

Hasta aquí llegamos. Se acabó.

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