Desde nuestra América

¿Es posible una nueva universidad?

Mario Magallón Anaya. Foto: Prensa Universidad Veracruzana.

Oscar Wingartz Plata*

La universidad, la educación superior y la cultura en México y en América Latina han sido reducidas a medios y no a fines, puede decirse que lo mismo acontece con la educación en general, para caer en la repetición y en el mantenimiento de los valores y de los avances del pasado, lo cual ha terminado en la reproducción estéril de lo conocido. Los esquemas y los modelos, las teorías y las prácticas educativas, que habían venido repitiéndose desde hacía siglos de forma generalizada, en la actualidad se unidimensionalizan en proyectos y objetivos que responden a los intereses del capital global. En la actualidad, la universidad pública, como las instituciones de educación superior en general, han puesto en disputa su pertinencia, vigencia y alcance práctico y, a la vez, han confirmado o desconfirmado -según desde donde se mire- el valor y el desarrollo de los países latinoamericanos y del Caribe. Mario Magallón.

En días pasados tuve la grata oportunidad de dialogar e intercambiar algunas ideas y preocupaciones con el autor del epígrafe propuesto para esta entrega sobre nuestra pasión, la educación y la docencia, que a su vez, es el punto de encuentro de nuestros afanes e intereses mutuos. En esa ocasión me planteó una inquietud que va en una dirección muy concreta, avanzar hacia la reconceptualización de la educación superior, y en particular, la generación de una nueva universidad. Visto con todo cuidado es un asunto complejo, que exige una serie de condiciones e insumos de gran calado ante tiempos tan agitados. Me llamó poderosamente la atención la propuesta que me planteó, entre otras cosas, porque la educación superior en su conjunto se vio enfrentada a una serie de problemáticas, retos y circunstancias pocas veces vista en su historia, nos estamos refiriendo a la pandemia del COVID-19, que implicó una serie de acciones y prácticas con resultados muy desiguales, sobre todo, si los ponemos bajo contexto.

Estando así este asunto, esta inquietud, se vio reforzada por los eventos que a nivel global han acontecido, y que ha envuelto a nuestras sociedades. Una pregunta que se impone es: ¿por qué plantear la necesidad de una nueva universidad? Desde hace tiempo, se ha venido reflexionando sobre este punto, sobre todo, si tomamos en cuenta que la educación superior se ha visto inmersa en una serie de realidades que le han cuestionado su ser y quehacer. Esta problemática la podemos visualizar al menos en tres planos que son explícitos: sus fines y objetivos; su dimensión académica; y la esfera administrativa. Estas tres instancias componen su expresión visible, pero la cuestión de fondo es, ¿estas dimensiones están respondiendo a su ser y esencia?

En una entrega previa, habíamos expuesto la imperiosa necesidad que la universidad, en lo particular; y la educación superior en lo general reflexionaran críticamente sobre sus objetivos y quehaceres. Este punto puede parecer muy abstracto, pero es el núcleo, la médula de la discusión, si tomamos en cuenta que los tiempos presentes están teniendo expresiones muy complejas y demandantes. Un modesto ejemplo de esto es: ¿qué ha pasado con el regreso a la actividad presencial? ¿qué quedó de la fase más aguda del confinamiento? Algo más agudo, ¿hacia dónde ir? Porque parecería que aquí no ha pasado nada.

Ahora bien, hablar de la “nueva universidad” va en una dirección que involucra una serie de ideas y concepciones que tengan un contenido profundamente renovador, como la misma reconceptualización del quehacer educativo, sus formas, métodos y contenidos. Esto nos lleva a reflexionar qué requieren nuestras sociedades a estas alturas de la historia. Si este planteamiento lo ponemos en concreto significa, ¿qué están solicitando nuestras sociedades latinoamericanas de sus universidades? En este orden, el propio doctor Magallón nos hace una puntualización muy pertinente al decir: “Puede decirse que la universidad moderna occidental como escribe Subirats, empieza a ser prescindible y, por lo mismo, se encuentra en una encrucijada, en el cruce de caminos donde se tiene que redefinir su pertinencia social, política, económica, humanística, científica, cultural, como su relación con el Estados y con la sociedad toda”.[1]

Si asumimos este planteamiento, veremos que nos encontramos a mitad de camino de una formulación mucho más compleja y desafiante. Esa nueva universidad entre otras cosas significaría “imaginar nuevas formas de aprendizaje y de conocimiento”, esto también significa, “la nueva no-universidad utópica” porque se avanzaría en su concreción, no sólo quedaría como un anhelo. Esta no-universidad, también implicaría, llevarla a la comunidad, a los procesos productivos, a la generación del conocimiento, de las humanidades, de las ciencias, así como llevar la comunidad a la universidad. Como se puede apreciar, esta propuesta es en extremo ambiciosa, porque rompería con una idea de universidad que se ve más hacia sí misma, con pocos nexos con su exterior; es una idea que intenta hacer del conocimiento, de la sociedad y del mundo una casa común donde se pueda vivir digna, plena y armónicamente: la relación de los seres humanos con la naturaleza.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

[1] Magallón Anaya, M., “La universidad del presente en la era global neoliberal”, en De Raíz Diversa, vol. 8, núm. 15, enero-junio, 2021. p. 163.

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