Desde nuestra América

Virtualidad y Condición Humana

Foto: Organización de las Naciones Unidas.

Oscar Wingartz Plata*

Ya desde la década de los 90, con el surgimiento de la computadora personal, da inicio una época que podríamos definir como la crisis de la presencia. Una auténtica descorporalización de las relaciones del ser humano con los otros y su entorno. Es decir, un remplazo de nuestra más elemental experiencia social. Una sociedad de individuos aislados conectados entre sí por aquello que los separa: la red. Ilán Semo.

En una entrega anterior hicimos un comentario sobre este asunto. En esta ocasión deseamos ampliar esa reflexión, y ponerla a su consideración. Muchos de ustedes se preguntarán ¿por qué esta cuestión debe ser relevante, no sólo hoy, sino, en el mediano plazo? Adelantándonos un paso, debemos decir que es un tema central, al menos para sociedades como las nuestras, que tienen características propias, es decir, con un grado de desarrollo “medio”, en el mejor de los casos; y otras, con un grado de desarrollo inferior, como lo es el conjunto de nuestra América.

Precisando el punto, nuestras sociedades se fueron gestando en un largo proceso histórico que les llevó más de 200 años hasta llegar a su configuración actual. Un transitar a tras píe, donde las notas fundamentales eran: la sumisión, el tutelaje, la dominación. Salidos de esa etapa, por cierto, con enormes penurias por efecto de las guerras de independencia a lo largo y ancho del continente, se llega a una primera fase emancipatoria, donde la cuestión fue: elegir qué tipo de gobierno era el más apropiado para nuestras recientes naciones independizadas. Asunto complejo, azaroso y desgarrador; ¿la razón? La carencia absoluta de un andamiaje institucional que le diera soporte al recién creado Estado-nacional latinoamericano. Esto por su propia lógica enfrentaba un sinnúmero de problemáticas, entre otras, ¿cómo organizarnos políticamente?, ¿quién detentaba la autoridad y el poder?, ¿cómo se iba a ordenar la hacienda pública?, ¿cómo ordenar el espacio público? Así, pues, “aparecimos” en la historia con una serie de rezagos, los cuales, muchos siguen presentes y agravados.

He puesto como antecedente este asunto, por una cuestión muy clara, nuestra manera de ser “independientes” ha estado en estricta correspondencia con nuestro pasado. Una de esas notas es, la extrema dependencia que hemos tenido de las grandes potencias, en sus formas de relación, su manera de ver el mundo, sus exigencias, así como sus imposiciones de múltiple orden. Lo que esas naciones dicen y hacen, es lo que hacemos y decimos, adaptado a nuestras circunstancias. Esto es lo que se llama “un orden civilizatorio”, para nuestro contexto: occidental; aunque, mucho estén afirmando que estemos en un orden plenamente globalizado, interconectado y de mutua dependencia. Todo esto bien de una serie de análisis y reflexiones que ha generado esta pandemia, y la forma de encararla. De manera muy concreta, nuestras respuestas a muchas situaciones y realidades siguen ancladas en esas formas y quehaceres que asumimos mecánicamente.

Una de las estrategias ha sido, el aislamiento, la reclusión, el confinamiento en nuestras casas. Esto ha traído una serie de “modificaciones” en nuestras tareas, quehaceres y conductas cotidianas. Como se puede ver, el aislamiento tiene como consecuencia inmediata, la carencia, la ausencia, la falta de… Muchos están resintiendo de manera aguda el confinamiento, porque, “no es el simple de salir a la calle”, tiene una connotación más profunda: la sociabilidad.

La sociabilidad tiene referentes profundos en la conciencia, en el ser y sentido de la existencia como humanos. No podemos imaginar una sociedad, un mundo, sin este contenido esencial, vital, intrínseco a nuestra condición, por ello la pregunta que se impone es, ¿otras formas de “conectividad social” pueden sustituir ese “cara a cara” intrínseco en los seres humanos? El epígrafe que hemos propuesto para esta entrega hace explícita la pregunta. Así, pues, un espacio que ha sufrido hondamente este efecto del aislamiento ha sido: la escuela; y con ella, el resto del espacio público.

Una de las directrices emanadas de la autoridad educativa ha sido como imperativo el uso de los mecanismos digitales, plataformas, herramientas de diversa índole y alcance para continuar con su labor docente, así como otros espacios laborales, como el homeoffice; esto es, “el estar no presencialmente”. Ahora, bien, el punto para nuestro caso es, ¿realmente hemos reflexionar seriamente sobre la pertinencia y necesidad de “virtualizar” nuestra existencia?, ¿qué implicaciones tiene en nuestra vida diaria?, ¿cuáles son las consecuencia de estas prácticas en nuestro entorno? En fin. Vienen cuestionamientos muchos, todos ellos pertinentes.

La idea de fondo tiene una dirección muy precisa, reflexionar con toda pertinencia: ¿qué nos estado dejando esta pandemia como enseñanza vital, humana, social? Podemos ahondar más sobre estos puntos, pero, lo central, lo medular de esta coyuntura, es asimilar profundamente lo que esta contingencia nos está planteando. Porque sería una inconsecuencia creer o pensar que vamos a regresar a nuestras vidas como si nada hubiera pasado. Han sido muchos los procesos que hemos vivido a partir de esta enfermedad, la primera, el constituirse en una enfermedad estrictamente planetaria, sin precedente en la historia humana; segunda, el confinamiento, la pérdida del referente societal; tercera, la virtualidad como forma “sustitutiva” de la sociabilidad; cuarta, la sensación de abandono, de pérdida donde, nos sentimos en un “estar, que no es un estar”, en un espacio intangible e inmaterial, donde todo es, pero, a su vez, es inasible: virtual.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Docente-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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