Desde nuestra América

La Universidad, una vez más ante el asedio

Foto: Unesco.

Oscar Wingartz Plata*

No habrá más estudiantes como forma de vida. Dejará de existir esa comunidad crítica que en muchos momentos atenuó los lados más lúgubres de la vida moderna. Los estudiantes se convertirán en átomos aislados a merced de la tecnocracia educativa, absortos en sus pantallas individuales sin capacidad alguna para constituirse en un poder propio: el poder de la reflexión que da una colectividad basada en relaciones que permiten su propia sobrevivencia como comunidad. La universidad virtual no será una voz en el horizonte de la sociedad, sino una institución sin alma, desalmada, dedicada a producir el nuevo proletariado que ya caminaba en los últimos años por sus pasillos. Ilán Semo.

Esta pandemia ha mostrado múltiples facetas de una realidad que se había camuflado de diversa forma. Entre otras, las limitaciones estructurales que ha tenido que sortear el gobierno federal, como el desmantelamiento sistemático del sistema de salud, por obvias razones, le ha exigido un esfuerzo monumental para dar atención médica a toda la población que lo requiera. Otro, el sector económico fue desmovilizado desde el pasado 23 de marzo como medida preventiva para evitar contagios masivos. Uno más, el educativo, un sector que por sus características contempla un universo de 40 millones de personas, según lo afirmó el Secretario de Educación Pública en la pasada conferencia vespertina sobre la COVID-19. La sola mención de un universo de esas dimensiones es abrumador, porque en su interior alberga un cúmulo de realidades de todo tipo.

Así, pues, el sector educativo en nuestro país es uno de los más dinámicos y complejos, entre otros razones porque, abarca una población que va de los 3 años en adelante, a través de los diversos subsistemas educativos: básico, media superior y superior. Uno de ellos, el nivel superior contempla situaciones y contextos que los otros no tienen, como ser un ciclo conclusivo, esto es, la formación de jóvenes en una perspectiva profesional, técnica y científica, dependiendo la disciplina que elijan. Hago mención de estos elementos para ubicar esta entrega.

Esta contingencia, también ha puesto a la luz una serie de carencias, que si antes ya se habían visualizado, ahora se han evidenciado de forma clara, como el hecho de que muchos de nuestros estudiantes, no cuentan con las condiciones técnicas, ni con las herramientas para continuar con las llamadas “clases virtuales”. Este hecho ha puesto sobre la mesa un problema que a mediano plazo va tener que enfrentar la Universidad de manera explícita y concreta; sin ambages, ni simulaciones, ni pseudo explicaciones. Lo vamos a plantear a manera de pregunta: ¿qué con la “enseñanza virtual”?

El epígrafe que propusimos para este artículo es de un eminente historiador que tiene una serie de cuestionamientos, todos ellos de enorme profundidad sobre la cuestión educativa, y que le preocupan. El Dr. Semo escribió no hace mucho escribió un breve trabajo que tituló de manera impresionantemente elocuente: El estudiantado: ¿protocolo de una agonía? Ese artículo cuestiona de manera frontal este hecho, las implicaciones que tiene la “virtualidad” como un eje rector del quehacer universitario. En este sentido, la Universidad tiene ante sí un reto mayúsculo, es decir, ante un panorama tan complejo la pregunta es, ¿cuáles son las perspectivas para la enseñanza superior?

Alcanzo a ver con enorme incertidumbre e inquietud que su ser, origen, misión y sentido se verán trastocados profundamente; uno de ellos es la pérdida total del sentido de comunidad vital, interactiva, crítica y propositiva. Ante esto, todo se va a conjugar a través de una máquina, en una pantalla que le va individualizar de forma extrema, se va a someter al estudiantado a una lógica carente de toda sociabilidad, sin capacidad dialógica ni reflexiva de orden colectivo. Esto sin ánimo estridente, puede llevar a la extinción de muchas de sus disciplinas porque no serán necesarias, sobre todo, las que implican procesos de orden teórico-reflexivo como las Humanidades y las Ciencias Sociales.

Mucho dirán que este escenario es exagerado, desproporcionado. En este orden, los invitaría a revisar la “ruta” seguida por estas disciplinas en los últimos 20 años. En el gobierno de Calderón se emitió un decreto donde desaparecía la enseñanza filosófica del nivel Medio Superior por considerarla “innecesaria”. Es sólo un ejemplo. Así, pues, la Universidad se verá a enfrentada a esta tesitura. Más, si ya lo dijeron los expertos que nos veremos ante este tipo de eventos de manera recurrente por la depredación ambiental a gran escala.

Este es un escenario que la Universidad como institución formativa en múltiple vertiente va a tener que reflexionar de manera seria, pausada y críticamente. Porque parece que “el tiempo nos está comiendo las respuestas”. Esto quiere decir que, la contingencia le ganó la partida a la institución educativa en todos los niveles, y por ello las respuestas han sido dispares, disímbolas, improvisadas y caóticas. Aquí viene un planteamiento concreto: ¿La Universidad como comunidad reflexiva y crítica que debe decir ante una situación de estas proporciones? No puede quedar callada sobre su ser, sentido y misión en el futuro mediato.

No vaya siendo realidad la película de ciencia ficción que recreaba el año 2018 con la figura emblemática de “Terminator”, una máquina del futuro que viene a salvar a la humanidad de su extinción, y su combate contra “Skynet” una supercomputadora que controlaba todo, absolutamente todo; donde los seres humanos eran una fracción ínfima antes de la destrucción total del planeta. Hay muchas cosas que reflexionar, a partir de esta contingencia, una de ellas es: ¿cómo rehacernos como sociedad, como comunidad, de cara a una realidad que nos ha puesto en una encrucijada extremadamente aguda?

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Docente-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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