Cartas desde la locura

La suerte está echada (cien años hace)

The New Yorker (viñeta).
“La pelota que lancé cuando niño, todavía no toca tierra”: Dylan Thomas.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

I

Viendo algunos documentales, hasta ahora me cae el veinte de que algunos tíos paternos son parte de los cincuenta millones de personas que borró de tajo la Gripe Española de 1918, año en que llegó mi papá al mundo. (“Las epidemias son un recordatorio del destino personal”, según Gabriel García Márquez.)

No lo sé de cierto y aún no he hallado a un Daniel Defoe contemporáneo (Diario del año de la peste) que detalle si aquella terrible plaga o epidemia o pandemia trastocó el modo de vivir en México o, al menos, así se lo planteó la sociedad de la época.

Quienes pudieran platicarme sobre si hubo un antes o un después, o si nada ni nadie cambió, reposan ya muy juiciosamente.

Otros artículos que he leído adelantan que la vida de los seres humanos después de la actual pandemia será de “mayor confinamiento en los hogares y menor interacción social”, cuestión que a quienes ejercemos nuestra actividad como free-lance nos hace los mandados, pues desde la influenza estacional de hace once años los correctores de estilo, por ejemplo, somos como nos pinta el The New Yorker (ver imagen). 

O sea que para quienes trabajamos por nuestra cuenta, el ambiente de la pandemia no es sombrío. 

Es, sí, “un pequeño paso para un virus, pero un gran salto para su especie”. 

Estamos vacunados. Y es más, puedo adelantar que la mejor vacuna contra el virus es cambiar de modo de vida. (Oculto en la selva, ‘Marcos’ decidió dejar de ser quien fue.)

II

Con sensibilidad e ideas, el virus de Wuhan es la oportunidad para que alguien nos cuente el cuento. Sea periodista o un Defoe contemporáneo.

Algo así como que “a pesar de los grandes avances de la ciencia y el tan celebrado ingenio de nuestra especie, nuestra mejor defensa hasta ahora es simplemente quedarnos en casa para que el depredador no nos encuentre”. 

O “yo recordaba la trágica ironía del destino de Edipo Rey, pues fue una peste la que desató las fuerzas que precipitaron su caída”. (¡Aguas, López!) 

O “hace unas semanas, durante los primeros días recluidos en casa, mi cabeza se esforzaba por comprender lo que podría significar todo esto, o al menos lo que podría salir de ello. Fracasé. La niebla era demasiado espesa”.

En mi caso, vivo en la niebla desde 1960. 

“Una canción, un poema o una película, me indicarán, finalmente, el rumbo”.

Epílogo

“Cuesta juntar ánimos para bajar al mundo”, contaba la muñequita Mafalda. 

Yo bajo en bicicleta. 

Sin ningún ánimo, claro está.

Sólo con la fuerte convicción de que la suerte está echada.

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