Cartas desde la locura

Ecos de midark passenger / II

Carlos Castaneda. Imagen: Especial.
“Tú ya no eres mi hijo, cabrón. Tú no eres más que un perro rabioso”: Julián Herbert.

Ramón Martínez de Velasco

@ramavelm

Mi vida hacia afuera no fue la de un chaval ‘quinqui’ de Barcelona, pero sí transcurrió en las calles de la Mixcoac, donde sobre todo el futbol dio entrada a una conciencia de grupo que se extendió hacia otros barrios y otras clases sociales.

Así transcurrió mi infancia, hasta desembocar en la adolescencia, una etapa que me fue alejando de mi manzana pues a los 15 ya estudiaba y trabajaba, en extremos totalmente opuestos de la Ciudad de México.

A la mañana siguiente entré al Colegio de Ciencias y Humanidades, donde le agarré gusto al estudio y al desmadre.

A la mañana siguiente entré a la Ciudad Universitaria, donde la mucha luz es también la mucha sombra. Cual debe ser.

No voy a entrar en detalles, pero de las aulas salté a la Nave de los Locos. Del periodismo a la ficción literaria. Y de la antropología megalopolitana a los rituales del chamán yaqui descrito bellamente por Carlos Castaneda, a cuya magistral trilogía llegué cuando se debe de llegar: luego de una amazing journey con plantas alucinógenas en desiertos, montañas y serranías, sin descartar la Urbemanía.

Sin antecedentes. No después de haberlo leído. “El no lector va al desierto y simplemente se traga un peyote” (Carlos Velázquez).

Del Centro pasé al Sur y de allí al Norte, bien pintado –a su manera– por Julián Herbert: “Viajé de putero en putero, armado de una ardiente paciencia, hasta arribar a las espléndidas ciudades del Norte. Mamá era muy ‘agogó’, y de la mano me llevaba por las deslucidas calles de la zona de tolerancia mientras los últimos borrachos abandonaban ‘La Huerta’ o el ‘Pepe Carioca’. Ahí comencé a conocer la pesadilla de ser dueño de algo que no se logra comprender.

“He sido adicto a la cocaína. Noé surcando un diluvio de química sanguínea. Sé lo que se siente surfear sobre los hombros del dark passenger. Fumé ‘cristal’ de un foco. He bebido ajenjo hasta la ceguera. Pasé una piedra de opio por la aduana de La Habana. Carezco de currículum. Llegué a la conclusión de que la forma y el tamaño de la Tierra cambiaban a cada segundo”.

En el Norte hay poco Carlos Castaneda.

En aquella Suave Patria, auténtica mexican curious, lo que sí hay son piqueras sórdidas, prostíbulos diurnos, un archipiélago reseco, agua fósil.

Cuartillos en renta para trashumantes, sin drenaje ni luz. Todo un catálogo de vejaciones.

Machos Alfa, clanes esquineros, mariguana, piropos a las colegialas, parejas disparejas, leche bronca pulverizada, dificultad para conciliar el sueño, literatos de primera y periodistas de quinta.

Pero, al igual que en la Mixcoac, “fui feliz. A veces un día entero. A veces toda una hora. Y es bastante” (Jaroslav Seifert).

Most peculiar!

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